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LA MERINDAD

Procedente de las cercanas cumbres de la Cordillera Cantabrica, el caudaloso río Ebro, vertebra uno de los espacios más bellos del norte español: la Merindad de Valdivielso.

Las aguas del río han empleado miles de años para abrirse paso entre las Sierras de La Tesla y Tudanca y modelar el espectacular desfiladero de Los Hocinos. Tras un tranquilo recorrido por el valle, camino del Mediterráneo, el río se amansa en el embalse de Cereceda, antes de encajonarse de nuevo en el desfiladero de la Horadada.

En este espacio de transición, entre el desolado páramo castellano y los montes cantábricos, existen numerosos escenarios naturales y algunas curiosidades geológicas, como el entorno de Tartalés de los Montes o el paraje de Los Cárcabos, en las inmediaciones de Quecedo.

Huertas, frutales y fincas de cereal se mezclan con encinas y robles y la típica vegetación ribereña. Pequeños pueblos salpicados por el Valle se integran en este paisaje. Iglesias románicas, casonas, palacios, torres y una arquitectura popular que tiene en madera y piedra sus principales elementos, ponen la nota de color.

El nombre de Valdivielso aparece escrito por primera vez tras la caída del mundo visigótico. Su dificultoso acceso hizo que fuera bastión invulnerable en épocas de conflicto, jugando un importante papel en la reconquista.

El cercano y poderoso Monasterio de San Salvador de Oña extendió su dominio a Valdivielso. Son los orígenes de la Primitiva Castilla. Los regidores de la Merindad, fieles a ancestrales costumbres, se reunían bajo una encina, en La Dehesa de Quecedo.

 

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